Campaña de samurais (14ª parte)
Espero que esta sea la tercera y última parte de la sesión.
- Día 1, mes del dragón, Año 1165 -
Desperté ahogando mi grito, con la respiración acelerada y el cuerpo empapado por sudor helada. Respiré profundamente varias veces antes de mirar a mi alrededor y comprobar que estaba en mi habitación y la tenue luz de la mañana se dejaba ver por la ventana. Puse lentamente los pies desnudos en el suelo para intentar volver lentamente a la realidad. Menudo sueño. Me cubrí la cara con las manos, intentando recordar con mas detalle. Pero no puede ... creo que en realidad no quise recordar.
Tras reunirme con mis compañeros samurais intento disimular mi cansancio. Sin duda ellos han gozado de un reposo mas reparador que yo. Por unos instantes titubeo al llamarles la atención. Cuando ya tenia sus ojos interrogadores sobre mi, decidí callarme hasta que no comprendiera que había pasado. Una vez fuera, todos comprobamos en silencio que las condiciones meteorológicas no habían mejorado en absoluto. No tuvimos mas salida que desperdiciar tontamente todo el día con silenciosos paseos por la nieve. Ni siquiera a mi me apetecía hablar, cosa que supongo que los bushis agradecieron.
La noche cayo pronto encima el templo y nos volvimos a ver recluidos a nuestras habitaciones. Cuando cerré la puerta, miré la habitación vacía. Por la tarde había podido descansar y ahora no ansiaba tumbarme de nuevo en la cama. Creo que me daba miedo. Me senté al suelo e intenté dejar mi mente en blanco. Mi sensei me lo había enseñado cientos de veces, antes de ni siquiera haber podido disparar mi primera flecha. Me obligaba a no vaciar por completo mi mente. Pero fue inútil. Los pensamientos surgían de lo mas profundo de mi cabeza, saltando en todas direcciones sin control. Me acordé de la primera vez que vi el mar. Después mi mente salto a esa misteriosa joven del templo, para volver poco después angustioso al rosto descompuesto de Matsu Meiko instantes antes de morir. Me acorde de mi antigua compañera Soshi Akane ¿ Que debe ser de ella ? Tenia un cuerpo envidioso, y cuando se convirtió en mujer ... mas aun si cabe. También pude ver a Doji Nagori, aunque no respondía a mis preguntas. Muchos recuerdos pasaban por mi cabeza. Pero ninguno de ellos era "la nada" que precisamente andaba buscando.
El primer golpe de campana en mitad de la noche me sorprendió tanto no pude contener un ligero grito. Desde tan cerca resultaba abrumadora y la negrura de la noche la hacia imponente. En el pasillo nos encontramos lo 4 samurais. Todos mirándonos entre nosotros, como si alguno tuviera la explicación lógica para eso. Esperamos unos minutos pero el templo permanecía en absoluto silencio, salvo por la campana. Cuando salimos a fuera, pudimos comprobar que estábamos solos, un poco desconcertados e incluso iracundos por la ausencia de respuestas. No se cuanto tiempo pasó. Supongo que bastante porque finalmente la campana cesó. Fue justo en ese instante, cuando el silencio se rompió imperceptiblemente por una puerta cerrándose en la distancia. No tuve tiempo de avisar a los demás porque ya corria hacia allí. Cuando llegue a un lateral del templo, pude ver lo que antes me había pasado inadvertido. Cubierto por la nieve y la propia sombra de la cercana muralla, había una trampilla adyacente a la pared del edificio. La abrí mientras llegaban los demás, mostrándonos un conducto que se perdía bajo el suelo con una marcada pendiente.
Corrí a mi habitación tan rapido como me permitió mi calzado. Naizen y Kakashi ya habian bajado y su llegada al suelo les costo un buen golpetazo de costillas y la luz de la linterna. Para cuando volví tardé unos instantes en recuperar el aliento y me dispuse a bajar. Habiendo visto los 2 bushis patinar, me deslicé con cuidado. Sin prisas y a oscuras llegué a los bushis sin problemas. El orgullo león no tardó en hacer acto de presencia. Me recriminó e increpó que no trajese una nueva linterna, había pensado que la yesca y el pedernal serian una mejor opción. No me apetecía discutirme, no aquí, no hoy, no con Naizen. Me agaché para comprobar que la linterna no solo se había extinguido. Ademas la habían pisoteado. Solté un suspiro y a tientas lograba prender el magullado cordel que sobresalía de la vela. Puse la vela en la palma de mi mano a la vez que miraba a mi alrededor con la creciente luz de la llama.
Estábamos en un pasillo húmedo y frío con paredes de piedra. A un extremo unas escaleras que ascendían hacia una trampilla. Seguramente conectaba con algún punto del templo. En la otra direccion una puerta que a penas se podía intuir con nuestra débil luz. Nos acercamos a la puerta y la abrimos cuidadosamente. De su interior emergió una fuerte olor a moho, oxido y algo mas. En su interior descubrimos un macabro escenario de podridúmbre. La luz pareció apagarse para escondernos lo que ya se intuía por las siluetas. Todo tipo de maquinas de tortura estaban esparcidas sin orden. Entre esos trastos frutos de una mentalidad enfermiza, correteaban tristes carcasas de carne mutiladas y asustadizas. Cosas que antaño fueron personas, pero en ese instante el pánico las mantenía mas muertas que vivas.
No recuerdo muy bien que paso. Ese olor a "algo mas" era indudablemente sangre. Ese olor de introducía furtivamente en mi cabeza y me empezó a nublar la cabeza. Podía oír a los 2 samurais y la shugenja que me hablaban desde muchos kilómetros de distancia. Al final de esta sala había un oscuro umbral. Mentiría si dijese que oía voces, pero mentiría también si dijese que quería ir donde me llevaban los pies. Mi cuerpo quería permanecer inmóvil, mi espíritu deseaba salir y mi cabeza volver con los demás. Pero había alguna cosa mas que desconozco a la que no me puede resistir.
...
Una gota de cera se deslizó por la vela posándose en mi mano, permitiéndome un instante para retomar el control. El pasillo se convirtió en una alargada habitación con una aberracion del gran monje que conocimos en el templo. Ese monstruo tenia su cara y su cuerpo, pero estaba hinchado y manchado por la pestilencia y el maho. Jactándose en su propia soberbia accionó un mecanismo que nos encerró con él. El combate parecía inevitable.
El valeroso león tomo la iniciativa, como es debido. Se lanzó hacia el engendro y plantándose desafiante, preparó esa misma postura defensiva que trato varias veces de enseñarme en el barco. Yo deposité la vela con rapidez y cura en el suelo. Cuando me levanté pude ver la abominación lanzando su primer ataque con una pesada cadena, cuyos eslabones pesaban mas que yo. La cadena se movió tan deprisa que no pude seguirla. Pero Naizen no la perdió de vista ni un instante y se técnica le permitió apartar aberrante arma como quien asusta cigarras en verano. Creo que fue una mezcla de pavor y admiración lo que sentía mientras preparaba mi flecha y cerraba los ojos. Mi blanco era tan descomunalmente grande y estático que puede dislumbrar perfectamente sus puntos vitales en la nada. La flecha halló su blanco desgarrando piel, grasa y carne. Dejando una supurante herida abierta de la que emanaban todo tipo de hedorosos fluidos. El león siguió aguantando el envite del macabro monje sin muchos problemas mientras yo descargaba una y otra vez mis flechas sobre su pecho descubierto. No falle ni una sola y puedo asegurarte que si esa cosa tenia algo de humano, no le quedaba ninguno de sus órganos vitales intacto.
Cuando el monje se desplomo encima su propio charco de sangre y grasa, se hizo nuevamente un absoluto silencio.
(... continuación la entrada anterior ...)
- Día 1, mes del dragón, Año 1165 -
Desperté ahogando mi grito, con la respiración acelerada y el cuerpo empapado por sudor helada. Respiré profundamente varias veces antes de mirar a mi alrededor y comprobar que estaba en mi habitación y la tenue luz de la mañana se dejaba ver por la ventana. Puse lentamente los pies desnudos en el suelo para intentar volver lentamente a la realidad. Menudo sueño. Me cubrí la cara con las manos, intentando recordar con mas detalle. Pero no puede ... creo que en realidad no quise recordar.
Tras reunirme con mis compañeros samurais intento disimular mi cansancio. Sin duda ellos han gozado de un reposo mas reparador que yo. Por unos instantes titubeo al llamarles la atención. Cuando ya tenia sus ojos interrogadores sobre mi, decidí callarme hasta que no comprendiera que había pasado. Una vez fuera, todos comprobamos en silencio que las condiciones meteorológicas no habían mejorado en absoluto. No tuvimos mas salida que desperdiciar tontamente todo el día con silenciosos paseos por la nieve. Ni siquiera a mi me apetecía hablar, cosa que supongo que los bushis agradecieron.
La noche cayo pronto encima el templo y nos volvimos a ver recluidos a nuestras habitaciones. Cuando cerré la puerta, miré la habitación vacía. Por la tarde había podido descansar y ahora no ansiaba tumbarme de nuevo en la cama. Creo que me daba miedo. Me senté al suelo e intenté dejar mi mente en blanco. Mi sensei me lo había enseñado cientos de veces, antes de ni siquiera haber podido disparar mi primera flecha. Me obligaba a no vaciar por completo mi mente. Pero fue inútil. Los pensamientos surgían de lo mas profundo de mi cabeza, saltando en todas direcciones sin control. Me acordé de la primera vez que vi el mar. Después mi mente salto a esa misteriosa joven del templo, para volver poco después angustioso al rosto descompuesto de Matsu Meiko instantes antes de morir. Me acorde de mi antigua compañera Soshi Akane ¿ Que debe ser de ella ? Tenia un cuerpo envidioso, y cuando se convirtió en mujer ... mas aun si cabe. También pude ver a Doji Nagori, aunque no respondía a mis preguntas. Muchos recuerdos pasaban por mi cabeza. Pero ninguno de ellos era "la nada" que precisamente andaba buscando.
El primer golpe de campana en mitad de la noche me sorprendió tanto no pude contener un ligero grito. Desde tan cerca resultaba abrumadora y la negrura de la noche la hacia imponente. En el pasillo nos encontramos lo 4 samurais. Todos mirándonos entre nosotros, como si alguno tuviera la explicación lógica para eso. Esperamos unos minutos pero el templo permanecía en absoluto silencio, salvo por la campana. Cuando salimos a fuera, pudimos comprobar que estábamos solos, un poco desconcertados e incluso iracundos por la ausencia de respuestas. No se cuanto tiempo pasó. Supongo que bastante porque finalmente la campana cesó. Fue justo en ese instante, cuando el silencio se rompió imperceptiblemente por una puerta cerrándose en la distancia. No tuve tiempo de avisar a los demás porque ya corria hacia allí. Cuando llegue a un lateral del templo, pude ver lo que antes me había pasado inadvertido. Cubierto por la nieve y la propia sombra de la cercana muralla, había una trampilla adyacente a la pared del edificio. La abrí mientras llegaban los demás, mostrándonos un conducto que se perdía bajo el suelo con una marcada pendiente.
Corrí a mi habitación tan rapido como me permitió mi calzado. Naizen y Kakashi ya habian bajado y su llegada al suelo les costo un buen golpetazo de costillas y la luz de la linterna. Para cuando volví tardé unos instantes en recuperar el aliento y me dispuse a bajar. Habiendo visto los 2 bushis patinar, me deslicé con cuidado. Sin prisas y a oscuras llegué a los bushis sin problemas. El orgullo león no tardó en hacer acto de presencia. Me recriminó e increpó que no trajese una nueva linterna, había pensado que la yesca y el pedernal serian una mejor opción. No me apetecía discutirme, no aquí, no hoy, no con Naizen. Me agaché para comprobar que la linterna no solo se había extinguido. Ademas la habían pisoteado. Solté un suspiro y a tientas lograba prender el magullado cordel que sobresalía de la vela. Puse la vela en la palma de mi mano a la vez que miraba a mi alrededor con la creciente luz de la llama.
Estábamos en un pasillo húmedo y frío con paredes de piedra. A un extremo unas escaleras que ascendían hacia una trampilla. Seguramente conectaba con algún punto del templo. En la otra direccion una puerta que a penas se podía intuir con nuestra débil luz. Nos acercamos a la puerta y la abrimos cuidadosamente. De su interior emergió una fuerte olor a moho, oxido y algo mas. En su interior descubrimos un macabro escenario de podridúmbre. La luz pareció apagarse para escondernos lo que ya se intuía por las siluetas. Todo tipo de maquinas de tortura estaban esparcidas sin orden. Entre esos trastos frutos de una mentalidad enfermiza, correteaban tristes carcasas de carne mutiladas y asustadizas. Cosas que antaño fueron personas, pero en ese instante el pánico las mantenía mas muertas que vivas.
No recuerdo muy bien que paso. Ese olor a "algo mas" era indudablemente sangre. Ese olor de introducía furtivamente en mi cabeza y me empezó a nublar la cabeza. Podía oír a los 2 samurais y la shugenja que me hablaban desde muchos kilómetros de distancia. Al final de esta sala había un oscuro umbral. Mentiría si dijese que oía voces, pero mentiría también si dijese que quería ir donde me llevaban los pies. Mi cuerpo quería permanecer inmóvil, mi espíritu deseaba salir y mi cabeza volver con los demás. Pero había alguna cosa mas que desconozco a la que no me puede resistir.
...
Una gota de cera se deslizó por la vela posándose en mi mano, permitiéndome un instante para retomar el control. El pasillo se convirtió en una alargada habitación con una aberracion del gran monje que conocimos en el templo. Ese monstruo tenia su cara y su cuerpo, pero estaba hinchado y manchado por la pestilencia y el maho. Jactándose en su propia soberbia accionó un mecanismo que nos encerró con él. El combate parecía inevitable.
El valeroso león tomo la iniciativa, como es debido. Se lanzó hacia el engendro y plantándose desafiante, preparó esa misma postura defensiva que trato varias veces de enseñarme en el barco. Yo deposité la vela con rapidez y cura en el suelo. Cuando me levanté pude ver la abominación lanzando su primer ataque con una pesada cadena, cuyos eslabones pesaban mas que yo. La cadena se movió tan deprisa que no pude seguirla. Pero Naizen no la perdió de vista ni un instante y se técnica le permitió apartar aberrante arma como quien asusta cigarras en verano. Creo que fue una mezcla de pavor y admiración lo que sentía mientras preparaba mi flecha y cerraba los ojos. Mi blanco era tan descomunalmente grande y estático que puede dislumbrar perfectamente sus puntos vitales en la nada. La flecha halló su blanco desgarrando piel, grasa y carne. Dejando una supurante herida abierta de la que emanaban todo tipo de hedorosos fluidos. El león siguió aguantando el envite del macabro monje sin muchos problemas mientras yo descargaba una y otra vez mis flechas sobre su pecho descubierto. No falle ni una sola y puedo asegurarte que si esa cosa tenia algo de humano, no le quedaba ninguno de sus órganos vitales intacto.
Cuando el monje se desplomo encima su propio charco de sangre y grasa, se hizo nuevamente un absoluto silencio.
(... continuará en la siguiente sesión ...)

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home